Sí, ya sé que la magia no existe. Las ranas ya no se transforman en príncipes con un beso, ni puedes echar a volar solo por desearlo mucho mucho; las casas, son de ladrillo, o nisiquiera, son de pladur, y en la chistera no hay un conejo, sólo un falso fondo (como en todo, al fin y al cabo).
¿Que por qué? Pues porque la magia no exite.
Y si algún día existió, ya la hemos matado a golpes de 'realidad'.
- Hola, buenos días, ¿puede decirme su nombre?
- ¡Y tan buenos! Soy la niña que se decidió a soñar.
- Ja, ja, ja, debo decirle que es usted encantadoramente ingeniosa.
- Ojala fuese ingeniosa, pero es sólo ingenuidad.
- Ideas peligrosas para estos tiempos que corren.
- Soy consciente de ello; pero, ya sabe, me decidí a soñar.
- ¡Vaya con cuidado!
- Demasiado tarde.
- ¡Como si importase!
- Por una vez sabía que no.
- ¿Así sin más decide caminar?
- Oh, ¿es que alguna vez volé?
- Delicioso...
- Buenas tardes.
- ¡Un placer!
Entrañable...
Dormir es vestir las plumas, porque con el movimiento de los ojos llega la luz, y así con todo muevo los ojos sin dormir. Paradójicamente, no veo, y casi observo mejor cuando ni miro, o, al menos, porque lo hago como todos y por una vez la visión coincide.
Y, ¿qué hay de la magia?
Que no existe, vuelvo a recalcar... pero no por eso hay que abandonarla.
Cuando dices en voz alta que no crees en las hadas, un hada muere en alguna parte (o al menos eso decía alguien alguna vez). Bueno, vale, tal vez era en la magia... pero, al fin y a cabo, si no existen, ¿acaso importa? Creo que estoy rizando el rizo.
Crea tu propia vida, camina cada paso sabiendo que servirá para algo. No existe la magia, no sirve de nada soñar, no vivimos para cumplir un fin ni tan siquiera nuestra mera existencia tiene algún sentido. Esa es justamente la magia de la vida, si queremos que la haya. Pero, gracias a eso, podemos inventar alas para volar. Podemos cerrar los ojos y soñar. Podemos decidir vivir pensando que, en efecto, vivimos. La mentira nos hará libres, porque si de la verdad depende, morimos por dentro antes de hacerlo por fuera.
- ¡Cuanto tiempo, amigo mio! ¿Encontraste allá lo que andabas buscando?
- Si por encontrar te refieres a que me encontrase a mi, no. Ahora, si no te refieres a eso, pues tampoco
- ¡Menuda decepción, amigo mio!
- En absoluto, eso es justamente lo que me esperaba.
- ¿No querrás decir que era acaso lo que pretendías?
- De ningun modo, ya te he dicho que no lo encontré.
- Y si no esperabas entontrarlo, ¿para que fuiste allí?
- Ni yo mismo lo sé, ¡imagina que llego a hallarlo!
- ¡Escalofriante!
- Escalofriante.
- Y bien, amigo mio, ¿cual será la próxima estación?
- El llegar a comprenderte.
- ¡Buena suerte!
- No la necesitaré: es una empresa perdida
- ¡Aah...! Esas son las mejores, las que más se disfrutan.
- ¡Bebamos!
Cuando me vendí y pensé en el mañana empecé a desangrarme. Y ahora, con cada palabra sangro. No duele, es irritante. Lo que duele es otra cosa, duele la espalda de limpiar la sangre derramada; sobre todo porque enseguida volverá a estar todo perdido de nuevo. Y, en fin, ahora mismo aquí me hallo, entre el sangrar y el olvidar... pero basta vivir la vida que he elegido para empezar a sangrar, porque si lo evito esteré viviendo la que no elegí. Aunque...
¿...qué problema hay?