Quisiera poder amarte eternamente.
Por esos ojos marrones que tú insistes en que son verdes. Por esa sonrisa tan dulce, y esa vocecita tan mona con que me respondes cuando te preocupas por mi... Haber llegado a ser tan especial en tan poco tiempo, haberme confiado toda tu vida, tus llantos en soledad, tus alegrías tan poco secretas. Hablaste impasible de lo más oscuro de tu historia, mirándome a los ojos. El modo en que me haces sentir, tan especial, necesaria. El tratarme como la princesa que nunca he creído ser... aunque seas así con todos. Es cómo me haces sonreir; cómo ruegas por un dibujo... sólo por ver cómo abres los ojos asombrados de par en par, con una sonrisa tan amplia como tu agradecimiento, y que me abraces hasta casi romperme... Son esos brazos tan cálidos, que me arropan por entero, como si todo estuviese bien. Esos brazos que me abrazaron, esas manos que me acasriciaron, esa voz que me arrulló hasta remitir el llanto del orgullo que drenó cuando me derrumbé. Y cómo me llamas "mi amor".
Cuando me dices que soy quien está contigo en los momentos críticos, apoyándote y sujetándote a la tierra para que no te pierdas. Sin callarte un pensamiento, una preocupación, sin ocultarme un sentimiento. Tus bobadas que me hacen desconectar de las mias propias y que me evitan recordar que son eso, bobadas, bobadas que duelen como pueñales. Las tuyas, a veces, bálsamo para el alma. La confianza que depositas, saber que podría destrozarte entre mis manos si quisiese pero que no te importe...
Son esos mensajes que llegan sin venir a cuento recordando esas tardes en el parque entre el sol y el viento, a cientos de kilómetros de los cientos que nos separan; esas conversaciones sobre cómo arreglar el mundo, cómo ver la vida, cómo vivir lo que en ella hay, esas... despedidas eternas en el semáforo, comer a las 6 para cenar a las 7. Son esos mensajes que llegan sin venir a cuento recordando lo importante que he sido para ti, lo especial que has sido para mi. Las noches entre árboles, las noches en la casa de mi familia, esa en noche en la piscina, y la que interrumpí y no me reprochaste. Todas esas veces en que esperaste por mi...
La manera en que me dices que me amas. Y que me amas. Y que me amas. Lo especial que soy yo para ti, lo que digo, lo que hago. To amor me llena... que me ames. Que me hagas ser como soy contigo, ser capaz de decir lo que digo... ser capaz de expresar lo que siento.
Que estés siempre, siempre ahí. Da igual que irrumpa, que te llame llorando, que piese en quien ya no está y necesite hablar de nada en particular. Estás ahí, estarás ahí. Aunque no nos veamos, aunque salgamos con gente distinta a lugares distintos. Como si te hubiesen creado para ser mi apoyo, quien sé que me escuchará... que si te necesito volarás hasta mi para devolverme la sonrisa o sacar fuera las lágrimas que limpien de penas mi piel. Para darme consejo, para darme perspectiva, para devolverme la sensatez. Y hacerme continuar.
Es esa sensatez que te caracteriza, la prueba de que la racionalidad no implica que no se pueda estar demente. Reir, llorar, dudas, miedos, problemas, discusiones. Mantienes mis pies en alguna parte, luchando contra una realidad que no encaja en mi mundo, pero que comprendes a la perfección a pesar de vivir en el tuyo.
Esos años que nos han hecho ser lo que somos ahora. Noches de cine, de vicio y rock, las mañanas de rastro, las tardes por Tirso, por Gran Vía o Fuencarral, cadenas y botas... Tantos años que han mantenido nuestras vidas unidas.
Tu confianza, que me da amor. Tu amor que me da confianza.
Quisiera poder amarte eternamente.