Y siento morriña, anhelo, tristeza y afán. Y ternura interminable.
Estoy enamorada dulce y amargamente.
Es un buen chico, y probablemente, me quiere como nunca me quiso nadie; pero yo no puedo entender ese cariño. Puro y desinteresado, calmado y suave. Azul.
Pensar en él, es como tumbarme sobre el césped en una tarde de verano; siento la brisa revolverme los cabellos, y el césped lo veo aún verde y lo siento bajo las plantas de mis pies desnudos, y colándose entre mis dedos cuando extiendo los brazos y las palmas de mis manos llenando mis pulmones del azul del cielo y las pocas nubes que coreteen juguetonas sobre mi.
Es gracioso el modo en que mueve los labios tratando de atrapar los mios cuando quiere besarme y estoy demasiado cerca pero no lo suficiente. Me gusta esa forma que tiene de sonreir sin enseñar los dientes pero ahondando las comisuras, cerrando un poquito los ojos en ese gesto tan tierno que pocas veces le he visto dibujar si no es por mí, y que me clava puñales cuando, esas pocas veces, no es por mí. Mi pequeño orgullo; mi gesto privado; mi sonrisa íntima.
Habitaciones blancas, ventanas abiertas, con persianas que en la noche dejen reflejarse en esas parades teñidas de negro lineas discontinuas de luz naranja. Un sillón para uno en que se sientan dos, y su mano apartando el pelo de mi cara mientras me besa la sien y yo cierro los ojos e imagino. Y siento sus manos y aún las veo, sus dedos apenas rozando mi frente y escurriendo entre mi pelo, sus labios tan suaves dejandose caer despacio y con ternura en la piel de mi rostro, su nariz, su respiración. Ese suspiro que siempre se nos escapa a la vez la primera vez que nos besamos. Y esa sonrisa que también aparece siempre cuando ya nos hemos besado por primera vez. El peso y el calor de su cuerpo. El color de sus ojos. Los latidos de su corazón, tan pronunciados y lentos. Sus pies y sus hombros, y su cuello en el mío cuando apoya la cabeza para escucharme contarle cualquier tontería.
Añoro los paseos, por la noche por gran vía, noches de lluvia en que usar un paraguas para no mojarnos por fuera mientras nos besamos, noches de invierno en que encontrar rejillas de aire caliente para no enfriarnos por fuera mientras nos besamos, noches de borrachera en que buscar rincones oscuros para que no se vea desde fuera cómo nos besamos. Escaparnos por la ventana para que no se den cuenta de que nos hemos despertado y continuar la mañana a nuestro ritmo. Despertar y besarle cuando todavía no lo nota y que sin embargo me responda.
Sí, estoy enamorada de esa forma. Tan musical, como una cajita, tan delicada, tan surcada de pequeñas filigranas que entretejen cada noche, cada mañana y cada tarde con todas las comidas hechas entre juegos de mayores, los amaneceres de llevar horas despiertos y el recuerdo de sus gestos y su manera de hablarme y cuidarme.
Cuando se rie alegre y sin preocuparse de nada, se echa hacia atrás y abre la boca en una sonrisa que deja huir suaves carcajadas. Y cuando intenta conseguir algo de mi, aparta las gafas e intenta una mirada desde un ángulo bajo abriendo esos ojazos que tiene que tanto, tanto me gustan, subiendo las cejas para que se vean bien. Y cuando cocino, me abraza por detras; cuando lloro, me acaricia las mejillas y me mira directamente a los ojos, antes de secarme las lágrimas. Cuando está relajado deja caer la cabeza hacia atrás, cierra los ojos y abre la boca, a falta solo de la babilla y un gahgahgah... y cuando toca, frunce los labios en el mismo gesto de concentración que pone siempre que no presta atencion a ninguna otra cosa salvo aquella que le ha atrapado.
Y a mi, todo eso, me gusta.