La cosa, para los nuevos, era escribir un artículo de costumbres imitando el estilo crítico de Mariano José de Larra, que versase sobre un día en el instituto que lleva su nombre. Y como son estas horas y me aburro porque no hay nada bueno por los interneses, pues cojo y lo subo, que soy así de guay.
Ea! A pastar! :D
Pocas cosas le son al español medio tan gratas como el ejercer de crítico de su propia fortuna –así como de la ajena-, que ¡mire usted por dónde! Siempre es mala.
No se conforman las gentes con entablar un insulso monólogo sobre cuán honda es la propia desgracia frente a la siempre mejor ventura del vecino, sino que incluyen en éste todo tema de debate que les ayude a acentuar la generosidad de que ha hecho gala la diosa fortuna para con ellos.
Incluyen trabajo, incluyen amor. Incluyen familia, incluyen dinero e incluyen ocio. Incluyen historia, estudios, fama, política… ¡Incluyen política! En estos tiempos caóticos que corren en los que quien no se proclama con orgullo apolítico no sabe lo que quiere, me veo obligada a ir por la calle, en el metro o en el autobús escuchando las joyas del pensamiento castizo.
El paro, va mal. Los sueldos, van peor. De la vivienda, mejor no hablar. Y de la crisis, menos aún. El gobierno, no hace nada. El presidente, no tiene ni idea. El anterior, sabía hasta menos. El alcalde, un sumiso. La ministra, una chupacámaras. Las cosas, van de mal en peor, concluyen nuestros sabios críticos políticos esporádicos.
Es a esto a lo que se reduce la opinión general. Nada nuevo o que no hayamos pensado ya alguna vez, expuesto por una boca inquieta como el último y más importante hallazgo que una mente prodigiosa como la que acompaña a esa boca haya podido discurrir jamás.
Se molestan en hablar y quejarse de todo para no llegar a nada. Ni saben ni se molestan en aprender. Ese es y no otro el espíritu español, hablar sin saber, opinar sin conocer. Repetir lo oído sin haber entendido, repetir el error por no haber aprendido de él.
Mas, ¡qué otra cosa se puede esperar! Si bien es cierto que a veces el hombre no anda errado, y no es otra que la educación la que hace de éste lo que llega a ser.
Sí. Debemos estar agradecidos a nuestro maravilloso sistema educativo, implantado por nuestro fantástico gobierno, que por fin empiece a poner remedio al rebaño de ovejas que es el pueblo español para que la siguiente generación lo sea de becerros.
Sí. Definitivamente un trato paternal es lo que más necesita nuestra juventud; no podemos permitir que se suelten de la mano del saber que da la experiencia para intentar volar solos, podrían acabar como nosotros y no vamos a correr el riesgo.
Sí. Lo mejor es desgranarlo todo en trocitos pequeños, no queremos que nuestros niñitos se hagan pupa en sus dientecitos.
La prueba de la generación que estamos creando con el cada vez más efectivo sistema educativo la podemos ver todos en cualquier parte. Son esos chavales que copian en pedazos de hoja con letra diminuta lo que pone en sus libros de texto mientras van en el metro. O esos otros que puede oír, estimado lector, narrar su hazaña épica de escapar de entre las rejas de la cárcel que se empeñan en llamar centro educativo. Son los universitarios que duermen en el tren las horas hurtadas sigilosamente por un trabajo absurdo e inútil que ha de servirles para entender mejor algo que ya comprenden, o los niños a los que obligan a leer en clase para que así no tengan porqué hacerlo en casa.
Obligados a asistir a unas clases que no les interesan, las manzanas podridas pudren a las sanas. El saber deja de ser un objetivo a lograr para convertirse en una mera y aborrecible obligación como cualquier otra; se pierde el ansia de aprender, que es sustituido por el fastidio, y el héroe pasa a ser aquel que con menor esfuerzo y provecho obtiene mejores resultados aparentes. Si cree que no conoce ninguno de ellos, permítame discrepar y asegurarle que todos tenemos entre nuestras amistades más de uno, por no decir todos.
Así es, sin ir más lejos, un amigo con el que me cité no hará más de unos días. Iba yo a visitarle a su centro educativo, no distinto a cualquier otro de la comunidad, pero cuya única diferencia con respecto al mío estriba en los días festivos por santos patronales. Era así uno de estos días la causa de que nos fuésemos a encontrar durante el horario de recreo en la calle. Lo primero que llamó mi atención (lejos de sorprenderme en demasía, pues una confiesa estar acostumbrada a todo) fue el ver que yo, siendo como era día festivo en mi centro y habiendo ido a visitar a un amigo que sí tenía clases en el suyo, llevase a la espalda más peso que él.
Preguntéle sobre ello y obtuve como respuesta airosa:
-¿Esto? Pues y es lo normal, ¡hasta de más llevo! Aquí el que no corre vuela, hay que estar avispado… ¿para qué voy yo a molestarme en cargarme la espalda si mi compañero siempre trae todos los libros? Y de todos modos, aunque no los trajese no me perdería nada bueno. Total, ¡como si los profesores fuesen a decir algo nuevo o que no pueda copiar más tarde!
Tras esta indudable muestra de orgullo ante el sacrificio personal y la vida virtuosa, nuestra conversación versó sobre los temas más variados, que fueron básica y principalmente nuestros respectivos estudios. Digo conversación porque no querría que el lector pensase que no sé conversar, pues si abrí la boca tres veces fueron certeras y locuaces.
-Hazme caso- me repetía- siempre andas preocupándote demasiado. ¿Que ves que te baja un poco la nota? No hay problema, tu amigo que aquí está para servirte te logra unas chuletitas y realzas la asignatura. No puedo creer que no lo hayas hecho nunca, ¡eso sí que es raro! En mi clase es el pan nuestro de cada día… se las hace uno y las comparte con los compañeros, ¡como debe de ser! ¡Y qué chuletas! No imaginas los métodos que se han desarrollado, una auténtica maravilla… rara es la asignatura que me baja del 8. De todos modos la gente se cree que hacer un examen con chuletas es sencillo… Hombre, cuando uno tiene práctica debo reconocer que sus mañas se hace, pero es arriesgado, ¿eh? No todo es llegar y besar el santo, siempre está ahí la posibilidad de que te pillen… pero merece la pena correr el riesgo, ¡imagina! Si no tendría que pasarme horas y horas perdiendo el tiempo entre libros, como los dos o tres pringaos de mi clase que pasan de andar con trapicheos… no saben lo que se pierden, ¡y todavía se quejan! ¿Pues no dicen que los bajan la nota por nuestra culpa…? ¿Te lo puedes creer? ¡Que se metan en sus asuntos, si yo me curro lo mío más que ellos lo suyo que no se quejen, que estudien más si es lo que quieren, o que se hagan ellos también ‘notas de apoyo’, que nadie se lo va a impedir!
En este punto habíamos llegado a una esquina cercana a la biblioteca. Se me ocurrió si mi amigo habría pisado ese sagrado lugar alguna vez en su insulsa existencia. De todos modos no pude pensar mucho más, mi pensamiento quedo ahogado por el sonido de su voz, que pasaba a recordar a una ametralladora disparada constantemente. Estudiar no estudiaría, ¡pero vaya si no le faltaba algo de qué hablar!
-Aún no sé para el examen de mañana que haré.
-¿Tal vez alguna actividad productiva tal como sentarse frente al ordenador, la televisión o unas partidas a la consola?
- ¡Qué salá! ¡Por eso me caes tú bien, jodía! Pues sí, probablemente ahora que los dices. Pero me refería a que no sé si pedirle las chuletas a alguien o prepararme las preguntas en hojas separadas para dar el cambiazo directamente. Quiero decir, cambiarlas es un momento, pimpan y sanseacabó… las chuletas es más arriesgado, me pueden pillar o puedo copiar algo mal. Claro que luego está lo del tiempo que pierdo en mi casa esta tarde pasando las preguntas a hojas en blanco… Es un coñazo, no lo sabes tú bien, al final acabas cansado de tanto copiar. En fin, ya lo pensaré. ¡Bueno, a ver si dices algo que no hablas na!
Un timbre lejano nos interrumpió entonces. Aunque ya habíamos dado la vuelta para regresar estábamos algo alejados, si no se apresuraba llegaría tarde. Hasta el momento debía reconocer que mi amigo era el prototipo perfecto de estudiante medio: holgazán, ignorante, irrespetuoso para con los que sí cumplen sus deberes, asqueado del instituto… y orgulloso de ello. Lo normal.
-Quedémonos aquí tumbados al sol, paso de ir a la clase de este tío, ¡no sirven para nada!- Dijo mientras tomaba posesión de su parcela particular de parque
- ¿No irás? ¿Y no te echarán en falta? – pregunté inocentemente [pues algo inocente debe de quedar todavía en mi]
-Pse. Son muy plastas con el temita de las faltitas- respondió con tono burlesco- Todos los días, todas las clases, pasan lista. Que todavía de enanos… ¡bueno! ¿Pero ahora? Como críos chicos, lo que yo te diga. ¿Y para qué? ¡Si nos da lo mismo! Si me saco esas notas es porque si cateo mis padres me dejan sin paga, y si saco notable o más me regalan juegos o consolas o cosas. Pero vamos… eso yo, que soy un chaval responsable, que luego están los que no dan palo al agua pero ni para copiar. Yo les comprendo: si pudiese también lo haría. ¿Quién quiere estudiar? Yo no. Todo hijo de vecino estudia, tienes que hacerlo aunque no quieras. Yo lo que quiero es currar y ganarme la vida, no pasármela entre estúpidos e inútiles libros. Así que nada, cuando puedo falto o la lío. No sabes las que montamos en clase… ¡son míticas! Total… algo habrá que hacer, si no un día ahí dentro es insufrible. La gente no está mal, y hay profesores majetes, pero vamos… no merece la pena. Un día en mi casa me sería mucho más productivo. Podría ponerme horas con el ordenador o la consola, que eso sí tiene futuro. Si fuese por ellos no me importaba, pero es que… aguantar clases monótonas en que ni te dejan dormir. Profesores gritones obsesionados con chorradas. ¡Los deberes! Que menos mal que no los hago nunca y los copio los minutos antes, ¡porque si tuviese que ponerme yo a pensar todas esas chuminadas voy dado! Y total, ¿pa qué? Si luego me ponen buena nota, me la ponen hasta mejor que al que se lo he copiado, ¿que te parece?
Riose en este punto a carcajadas. Creo carente de interés extenderme más sobre nuestro encuentro: el lector podrá perfectamente imaginar el resto. Y todos los días son iguales. Ameboides. Sentados en una silla criando ignorancia pasan los minutos de varias vidas cuyo efecto en la ajena no es otro que robar méritos mordiendo la mano que les da de comer.
Nos regodeamos en nuestra propia ignorancia. Celebramos el ser capaces de vivir ociosos y desaprovechando ese ocio. Elegimos sentarnos delante de una caja absurda a perder nuestro tiempo y dejar nuestro intelecto morir en vez de salir a las calles desiertas dejadas por un prójimo también adicto a la televisión. Nos atrapan las pantallas, o nosotros nos dejamos atrapar, los asientos mullidos, las actividades improductivas.
Cada día… cada día ves por la calle un espécimen más estúpido que el anterior, cuyo tema de conversación ignora a Lope, desconoce a Calderón, no sabe ni quién es Tirso y se mofa de los versos de Garcilaso.
¿Y bien? ¿No es acaso esto lo que hemos logrado con ahínco? Niégueme, querido lector, que nuestros modos cada vez más ortodoxos a la par que para lerdos no están haciendo de nuestra juventud ser eso mismo. Yo, personalmente, llevo años intentando negarlo.
Madrid,



