lunes, 25 de enero de 2010

Con un papel entre las manos que hace una pregunta absurda. Absurda porque perdió el sentido que tenía cuando era rasgado con el bolígrafo. Agarrándome a ese absurdo papel como si de un madero en el océano se tratase, buscándole significado más allá de las letras que forman la pregunta. Debía estar en al basura desde que con un te quiero y un beso lo arrugué entre mis dedos, pero por cometer el error de conservarlo en mis manos unos minutos más, de utilizarlo como un símbolo que en realidad nunca fue, ahora el tirarlo se convierte en un sacrificio.
¿Por qué conservar un recuerdo de un momento? Aquél queda en la cabeza. No pasaba nada, porque sí pasaba algo. Y ahora un papel sin sentido es utilizado como piedra de toque, como una reperesentación de la supuesta realidad cuando parece que no avala a las palabras.
El ritmo va bajando. La frecuencia, también. Cambian las sensaciones, sobre todo el interés y mientras tanto aumenta la dependencia y las dudas van en crescendo. Y son las olas de dudas que golpean mis costados las que me obligan a creer el un pedazo de papel puede ayudarme a flotar.
Carece de importancia, siquiera para mi, porque lo que importa es que se escribiese, porqué se escribiese, cuándo se escribiese... y cuando se escribiese. Porque los impulsos no implican una realidad. Y porque un realidad implica unos impulsos. Dejemos que las aguas sigan su curso. Y aprendamos a nadar: el papel, en el agua, se deshace.

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