Hubo un día en que un colega se abrió paso dentro de mi mundo para llegar a donde nunca pudo nadie. Me dió algo que no había querido nunca, me hizo sentir cosas que creia muertas y enterradas en el olvido de mis 15 años, me entregó a algo que tanta gente desea y pasa su vida buscando hasta morir, pero que yo nunca anhelé.
Me perdí como una perra callejera entre sus calles, como la perra sin amo que soy y que se escudaba antes de ayer en el vestido roto de una muñeca vieja y abandonada. No han cambiado tanto las cosas si lo miras así; no fue el primero del que busqué una caricia, y seguramente el día de mañana seré una carta vieja sin remitente. La vida va un poco de eso, sólo merece y pide tiempo.
El tiempo pasa y se van las estaciones. Se lleva el viento entre las hojas los besos sobre rejillas de aire caliente, y la lluvia arrastra aquellos que fueron dados bajo un paraguas entre la multitud indiferente. El tiempo pasa y el cesped se seca en el sopor del verano que adormece antiguas cosquillas que en él se dieron, y entre flores se va a la basura una rosa marquitada que regalé una vez.
A veces me digo "Es pronto para rendirse. Todavía eres una niña." Otras suena música de piano con la cadencia de lágrimas que ruedan por mis mejillas recordándome que no me quedan fuerzas para pelear. Que me recuerdan cómo he olvidado por qué peleaba.
No quiero pelear. Nunca me ha gustado ni he querido pelear. Sólo soy una ilusa, una estúpida ilusa que a pesar de todo lo que sucede a su alrededor, de vivir con miedo, con pena, con rabia, frustrada y desincronizada, cree que todo es posible. Que hay cosas que pueden sencillamente funcionar. Que la vida no tiene por qué ir de esfuerzo y trabajo, sino que hay mucho más. Que hay placer, que hay belleza, que hay magia y pasión.
Y sin embargo estamos aquí. O estoy aquí. Escribiendo como hacía semanas que no hacía. Perdida de nuevo, sin saber qué hacer. Yo sabía que me atenía a esto. Sabía que había una posibilidad demasiado dolorosa y no poco remota de que volviese a no merecer la pena. De que tirar adelante yo sola con lo que fuese sin esperar nada de ti podía cansarme en una o dos semanas, o tal vez enseñarme otra forma de vivir. Pero no sé perder la eperanza. No sé resignarme. No sé aceptar la realidad aunque ésta me dé de cara y me rompa las narices tirándome de bruces contra el asfalto.
¿A quién hago caso?
No quiero entregar más. No quiero seguir poniendo huevos en esta cesta de esa manera. Quiero saber que puedo tirar para alante, que si no estoy sola, no estoy sola, que puedo tener ilusión y esperanza, y no que ésta vaya siempre a desangrarse en el rellano. Con un piano sonando de fondo. O una guitarra.
Me siento débil. ¿Qué es esto de tener miedo de decir lo que pienso? De temer cuándo decida salir corriendo para no oirme. O cuando piense que es demasiado y no quiera pasar por esto.
Soy del tipo impaciente. No quiero seguir esperando un 'no tienes la culpa', ni esperando.
Creía que podría con todo yo sola. Era mi decisión.
Y esas semanas se perdieron. Ya todo se había arreglado milagrosamente. Dejaste de pelear. Demasiado cansado y hastíado, lo sé... Y no te dije nada, había visto la situación y había decidido tirar de ello yo sola si hacía falta. Sabía que era en eso en lo que me embarcaba, pero... ahora vuelvo a esperar que estés a mi lado. Que salga de ti.
Que decidas que quieres estar conmigo y no dejarme sola con esto.
Quien sabe...
Tal vez estoy muy equivocada. Con todo. Pero eso ya, no puedo verlo.
En fin. Qué más dá decírlo por aquí. Qué importará quién lo lea. Mucho he puesto ya aquí como para que importe un sentimiento más.
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