sábado, 17 de julio de 2010

Hace tanto...

...que te abandoné.

Pero aún hoy algo se me retuerce cuando me doy cuenta de que nuestro amor se marchitó como una rosa negra que no se riega ni se mima.
Sería mentir el decir que yo sola sostenía el sentimiento, y totalmente ridiculo pensar que debía ser sostenido... pero las ausencias fueron demasiado largas y estrictas, los sacrificios por terceras personas (esa tercera persona) suficientemente poderoso para destruir lo que parecía indestructible... y en mi corazón, celoso y demacrado tu imagen sellada a fuego fue desapareciendo...

No me gusta ser consciente de que lo más especial que había sentido nunca sencillamente terminó. De hecho, más bien, no me gusta que haya terminado... sencillamente.

Aquello tan puro y cristalino, tan bello que hablaba versos de luz y arte y no dejaba paso a sombra ni miedo alguno... no lo encuentro ya. Las palabras de amor se perdieron hace tiempo (tal vez no tanto) y con ellas el amor se perdió.

No...

No se perdió. Lo abandoné.

Una parte de mi me dice que tú jamás lo olvidaste. Otra, más ruín, me convence de que me habías olvidado mucho antes de dejar de dedicarme sonetos. En cualquier caso, yo lo dejé morir. No quedaban ya fuerzas para 'pelear'; sólo podía ofrecerte mi hombro porque mi amor era un estorbo. Y aún cuando mis sentimientos eran la referencia en mi vida, el faro en mi oscuridad... bastó que cesase la oscuridad para que no volviese a mirar al faro.

No puedo saber si aún me alumbrabas o ya habías dejado de hacerlo, demasiado preocupada por los afilados peñascos. Y bueno, sí, me hicieron daño, mucho...
Pero ya no me quedan ánimos para intentar revivir lo que dejé que muriese.
No me apetece luchar... sobre todo porque la magia consistió en que todo fluía sólo y maravilloso.

Se acabó.

Y te echo tanto de menos...