martes, 17 de agosto de 2010

Madreselva

Hoy, recuerdo mis días de instituto. Recuerdo volver a casa en autobús, que me diese ya pereza hacerlo a pie. Recuerdo los días de sol y calor, volver dando un rodeo para pasar un rato con los amigos y dejar pasar un autobús bajo la excusa de que 'va muy lleno'. La rutina diaria. La rutina de estudiar porque 'es lo que toca'. El tiempo era estático, los días pasaban y no pasaban, en un mundo en que se contaba en veranos o, como mucho, trimestres. Se terminaba un curso para empezar otro. Y así pasaban los años y cambiaban las amistades.

Ahora el tiempo está dormido. No sé dónde quedo esa rutina. Ese vivir por vivir, hacer lo que se hace, que no importe vivir sin objetivo ni beneficio. En realidad el sopor es tal que desespera. Sólo los días luminosos, azules y verdes, brillantes como la luna llena convierten el sopor en un sueño, en que parece que la muerte no existe en realidad. Y esos días pasan e insinuan juegos y risas. Pero todo ha muerto, sucio, yermo. La vida vuelve a ser un pasar, pero esta vez no existe ni rutina ni obligación. Ya no hay nada. Nada. Todo duerme esperando la muerte.

En estos días grises, parece que el verano ya se va. Las gentes desaparecen y se encierran en sus trabajo, y continúan sus vidas sin objetivo. Pero no nace la rutina de la nada, no revive el afán de vivir por despertar del sueño veraniego.

Una vez me enamoré. Todavía no entiendo qué se supone que es eso. Otro sentimiento triste y mortecino, entregado al sopor y al sueño como el resto de esta vida tediosa y aburrida.

Voy a salir de estos lares. Buscaré algo que me entretenga, ya que no tengo fuerzas para perseguir un objetivo ni lo que ya anhelo y se supone que tengo consigue llenarme.

Por lo menos podré seguir matando el tiempo, hasta que éste me mate a mi.